INDICE

 

Capítulo I                       Brutalidad

Capítulo II                      La Casa de Azulay

Capítulo III                     La Reencarnación

Capítulo IV                    El Levantamiento

Capítulo V                     Confidencias

Capítulo VI                    Hipnosis, Aaiún, el brujo

Capítulo VII                   El Destino

Capítulo VIII                  Aldabra de Azuay

Capítulo IX                    Padre e Hijo

Capítulo X                     Intraterrestres.

Capítulo XI                    Recuerdos

Capítulo XII                   Viaje Iniciático. Viaje al interior

Capítulo XIII                  Viaje Astral. El viaje de Layma

Capítulo XIV                  La Batalla

Capítulo XV                   El Golem, La locura de Aaiun

 

 

 

CAPITULO 1: BRUTALIDAD

 

Layma permanecía encerrada en la zona de Palacio destinada a las mujeres. Su madre, Shaky, dormía el profundo sueño del castigo por haber dado a luz años atrás a una hembra.

Era la segunda época la denominada “de la oscuridad". El final del milenio se aproximaba, todos los Reyes y mandatarios del planeta intentaban combatir con violencia las leyendas acerca del final de los tiempos y el renacer de la energía femenina.

Layma había transgredido una de las leyes y sabía que sería terriblemente castigada. Se echó en su cama llorando desconsoladamente, abrazándose a su almohadón, buscando en él el consuelo de la madre que nunca tuvo. Se durmió a causa del cansancio mientras llamaba llorosa a Shaky.

Sus sueños se convirtieron en agitados, veía como la sagrada figura de Adonay bajaba de su pedestal y con feroz expresión se le acercaba diciendo:

Acudían al consagrado lugar centenares de guerreros ávidos de venganza que con caras obscenas la iban mirando y arrinconando mientras gritaban:

Al unísono todos comenzaron a bramar por su ejecución.

Acorralada en un rincón del enorme salón y frente al airado Dios, lloraba cubriéndose con los brazos el rostro.

De pronto, de un extremo de la sala surgía una figura femenina que la cogía entre sus brazos y la elevaba hasta el techo, huyendo de allí sin que ningún hombre pudiera evitarlo. Era Shaky, la reina, su madre, que con dulzura la besaba en la frente y la acunaba repitiéndole con dulzura:

De una tremenda patada se abrió la puerta de su dormitorio provocando un gran estruendo, despertándola todavía más angustiada de su pesadilla. Se incorporó de un salto de la cama, retrocedió un par de pasos hasta topar con la pared. El rostro iracundo de Ayutla, su hermano, no auguraba nada bueno para ella.

El fornido muchacho la asió por las muñecas haciéndole daño.

Ella preguntó con voz trémula, intentando retener las lágrimas provocadas por el dolor y el miedo:

Con una mueca cruel, él le respondió:

Layma sacó el poco orgullo que le quedaba e intentó soltar sus manos dándole un puntapié al corpulento joven que riéndose, la soltó. Ella cogió su capa y la pasó por encima de sus hombros con principesca dignidad.

Custodiada por Ayutla y cuatro guerreros, bajó los tres pisos que separaban la zona de las mujeres de las demás dependencias del Palacio, para después recorrer el largo pasillo hasta llegar al Salón del Trono, guardado tras las enormes y macizas puertas de madera de roble. En cada hoja de estas puertas estaban incrustados en oro los escudos reales; uno representaba una bella pantera cruzada por dos sables, simbolizando al poder terrenal de Azlatlan y en el otro un enorme Sol simbolizando el poder divino que ostentaba a su padre.

Los dos guardianes del trono saludaron marcialmente al Príncipe Ayutla, abriendo paso de inmediato. Layma sintió como le flaqueaban las piernas, jamás había estado dentro del Salón. Las mujeres tenían prohibido su acceso a él y ni siquiera ella, la Princesa, podía visitarlo.

Ahora entraría, creía ser la primera mujer que pisaría aquel suelo, los primeros ojos femeninos que lo verían. Había oído que ni las esclavas entraban allí a limpiar, lo hacían los soldados del Rey. Pudo más su enorme curiosidad por conocer el misterioso lugar que la preocupante realidad. Ya no recordaba que estaba allí para oír su sentencia.

Era una enorme sala, el suelo de mármol formaba un tablero de ajedrez combinando losas negras y blancas como las leyes esotéricas ordenaban. Las altas paredes estaban cubiertas por tapices alegóricos de la caza, de batallas conmemorativas y de brutales sodomizaciones femeninas. Abundaban las cabezas disecadas de animales, trofeos de las habituales cacerías reales.

El gran salón tenía ventanas a ambos lados que se cubrían con pesadas cortinas de terciopelo rojo y verde. La pared trasera al trono estaba revestida pos dos grandes estanterías llenas de libros y documentos y en un lateral, estratégicamente situada una mesa con un enjuto hombrecito de gruesas gafas que tomaba nota de todo cuanto se decía y ocurría.

 

Cruzaron todo el salón hasta quedar frente al enorme y recargado trono. Encima del mismo estaba la capa del Rey, pero no puedo ver a su padre por ningún rincón. Notó que Ayutla se incomodaba al percatarse de la ausencia del Rey, e intuyó su desilusión al no haber podido impresionarlo con su aparatosa entrada custodiando a la acusada.

Las voces chillonas de los presentes se fueron apagando hasta convertirse en murmullos al ver a la joven Princesa detenerse frente al hermano, el Príncipe Ayutla. Impresionaba el contraste de su pequeño cuerpo don la altura y la brutalidad de las facciones y gestos de sus cuatro guardaespaldas.

Layna era menuda, suave de gestos, con un dulce rostro de pequeñas facciones. Su nariz respingona hacía resaltar todavía mas sus enormes ojos miel, que perdían proporción con el resto de sus rasgos y eran de color miel, profundos y bellos como el sol de la mañana. Todavía no había cumplido los quince años. Su largo pelo negro de apariencia suave y sedosa  estaba sujeto con un lazo blanco, en forma de cola cayendo por la espalda de su capa azul índigo.

Se abrió una puerta que Layma no había podido distinguir entre las estanterías del fondo, por la que entraron dos grandes figuras cerrándola con gran estruendo tras de si. Sintió pánico al distinguir de cerca la cara de su padre, que ahora todavía resultaba más feroz con la enorme cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. Intentando eludir su mirada, se fijó en el hombre corpulento que le acompañaba, que a pesar de su ampuloso cuerpo, delataba su juventud la dulzura que aún poseían sus facciones. No puedo evitar que le llamaran profundamente la atención sus hermosos ojos verdes, creando en ella una extraña fascinación, tal vez porque ese color no era muy corriente entre los de su raza.

Al sentir la mirada de ella, se incomodó sonrojándose y, sin querer, Layma le sonrió. Era muy  niña para ser auténticamente consciente de la gravedad del momento.

El Rey se situó frente a ella mientras marcialmente le saludaban el Príncipe y los soldados, colocando su mano encima del corazón.

La muchacha, consciente del enfado del Rey, le miró intentando no llorar a pesar del miedo que sentía.

Abasi se sentó en su trono sin retirar su capa, apoyando una de sus botas encima del asiento, y guardó silencio mirándola de arriba abajo, esperando verla caer de rodillas y suplicar. Por el contrario, Layma desconcertada intentó mantener su dignidad con teatralidad principesca, impresionando al Señor de Azuay, el joven que había entrado junto al Rey.

El había oído miles de veces que las mujeres eran seres sin dignidad ni principios, y mucho menos con derechos o inteligencia, por lo que tanto le impacto el valor de la muchacha.

Layma sostuvo largo tiempo la agresiva mirada del Rey.

Abasi le cruzó el rostro de una terrible bofetada, haciéndole sangrar el labio inferior y la nariz. La muchachita impasible rasgó una manga de su camisón con la que retener la sangre que corría por su cara.

Azuay, el joven Mago, se acerco a Layma ofreciéndole sus servicios de médico. El Rey le sujetó para frenar su acción, pero el muchacho le desafió furioso con la mirada, para luego sacar de dentro de una pequeña bolsa de cuero negro que llevaba atada a la cintura una gran piedra azul, que pasó por las heridas de la Princesa cesando al instante la fuerte hemorragia. Luego se giró hacia su Rey, y haciendo una gran reverencia volvió a situarse a sus espaldas.

Layma con voz dulce le replico:

Con un gesto le ordenó callar.

El Rey soltó una estruendosa carcajada.

Luego cogió entre sus dedos el pequeño y suave rostro de la joven y siguiendo en su actitud burlona dijo:

Inclinó su rostro y empezó a sollozar; no comprendía qué había de malo en su acción, no cometió ningún crimen, no había tocado siquiera el cuerpo de la Reina, sólo entró tímidamente en la sagrada estancia  y con prudencia se sentó cerca del cuerpo flotante de su madre, para poder admirar su belleza y serenidad de facciones. Hubiera deseado tanto haberse comunicado con ella telepáticamente, haber sentido su amor.

Se preguntaba como debían ser las caricias y los besos, o las canciones de cuna que alguna vez había oído en boca de su anciana aya, si estas hubieran sido cantadas por su angelical madre. Un beso, una caricia,  eran todo un tesoro para ella; las leyes se las negaban, ninguna sierva podía contaminarla con su afecto, porque ella era la Princesa. Se moría por un gesto de ternura y en su desesperación, en su soledad, busco refugio en la habitación del Limbo, donde se hallaba su desconocida madre.

Azuay intuyó en la postura de la joven la comedia que representaba para salvar su vida, y en el fondo deseo que surtiera efecto, pues encontraba exagerado el castigo ante una falta tan humana; era lógico que la joven necesitase a otra mujer a su lado en aquellos momentos. Vio en ella los cambios físicos y el paso de niña a mujer.

El Rey se compadeció ante el llanto de la joven que sin quererlo le había impresionado; nunca imaginó tanto orgullo en una hembra y eso le daba más casta, más  valor como posible madre de un heredero real.

Layma besó sus manos y sin resistencia se dejó arrastrar hasta la habitación del silencio, que se encontraba justo detrás  del salón del trono. Cruzaron por debajo de las enormes estanterías para luego abrir  las puertas del temido cuarto.

Todo era oscuridad, no se distinguía luz en ningún punto de la habitación. Un insoportable olor a moho le indicó la falta de ventanas, aquello era una zona perdida entre  el Salón del Trono y las habitaciones del Rey. Se giró en medio de sus guardianes preguntándole a su hermano:

Ayutla, riendo, depositó un quinqué en el centro de la estancia, iluminándola toda. Era un cubículo de no más de dos metros de largo por uno de ancho. Contenía un sucio jergón enrollado en un rincón, un taburete, una palangana, que supuso debía servir para asearse, y un agujero en el suelo tapado por una madera del que  salía un fétido olor.

Temió que fuera una letrina y al moverse su hermano pudo ver que así era. Una fea rata se escondió en un rincón. Su angustia llegó al límite, quería gritar, llorar, pero no podía, estaba demasiado aterrorizada ante aquella situación.

Layma recuperó su gesto digno  y dio un paso adelante entrando sola en la acongojante habitación, controlando en todo momento sus instintos que le pedían que saliera corriendo de allí.

Los feroces guardianes de la jovencita se apartaron reverentemente para dejar paso al Mago Azuay. Al llegar frente a ella le rindió un saludo protocolario, enfureciendo al Príncipe Ayutla que no comprendía el respeto del Mago hacia la muchacha.

Instintivamente puso la palma  de la mano derecha  encima de la frente de ella, en el entrecejo, susurrándole:

Volvió a saludarla con una corta reverencia y salió del insalubre cuartucho.

Abasi había observado el extraño comportamiento del Mago y con gran sorna se dirigió a él.

Cogió la copa de vino y miel que le ofreció su lacayo y después se sentó en el trono.

Ahora empecemos con los problemas reales: me han llegado rumores de que Axacat está instigando a la Provincia del Sol a levantarse en armas contra mí.

 

Se formó un enorme murmullo alrededor del trono. Un anciano opulentamente vestido, de largas barbas rojas, algo corvado y con huesudas manos deformadas por la evidente artritis que debía padecer, se adelantó de entre el grupo dirigiéndose a Abasi y ofreciéndole un torpe pero protocolario saludo, se colocó a la izquierda del vetusto sillón e intentando no dar la espalda al Rey se dirigió a todos los presentes.

Azuay el Mago cerró sus ojos colocando sus manos en forma de  triangulo encima de su frente. Todos reconocieron ese  gesto y  adoptaron actitud reverente, guardando absoluto silencio. Sabían que el Mago entraría en trance  y a través de él hablarían los maestros  celestiales.

Su voz cambio de entonación, convirtiéndose en grave, profunda y extrañamente calmada, transmitiendo una curiosa sensación de lejanía.

¡Pero temed, pues el final de la Era Oscura está próxima y ellas, la Luna  y la Diosa, revivirán acabando con nuestro dominio para siempre . QUEMADLAS, MASACRADLAS...!

El de Azuay se tambaleó, su voz recuperó su tono habitual como si hubiera salido de su trance mediúmnico  y en un casi imperceptible susurro sentenció:

Sus ojos volvieron a quedar en blanco recogiendo el hilo  de su conexión con nuevas fuerzas.

El joven Mago retiró bruscamente las manos  de su frente y se tambaleó. Dos de sus soldados le tendieron una silla para que descansara y el lacayo del Rey le sirvió una copa de ambrosía  .

Les miró con rostro sombrío, y con voz grave preguntó:

Bebió un corto sorbo y comprobó el estupor que había causado su pregunta en los presentes. Sin esperar respuesta prosiguió.

Abasi extendió su brazo con la copa vacía  e hizo un gesto  para que su sirviente se la llenara.

Abasi adoptó un aire misterioso, en parte por el malestar que  le producía aquella conversación que removía  dentro de él viejos sentimientos y en parte por la cantidad de alcohol  que ya había ingerido.

 Nabil pensó en los riesgos que podía correr la mente del Rey si repetia la ingestión de la fuerte droga que momentáneamente abría las puertas de la mente a la comprensión  del poder de Dios. Tener a la joven por un tiempo lejos  del odio de su hermano Ayutla le tentaba, pues temía que allí en el cuarto del silencio fuese asesinada. Era la única mujer que podía dar un nuevo heredero  a la corona de Azlatlan y eso podía costarle la vida. Por fin habló.

La terrible cicatriz que le deformaba la cara todavía acentuó más la dureza de su mirada.

Hizo un gesto con el dedo invitando a su hijo a que se acercara. Nabil, el Mago, saludó al Rey con intención de partir.

Con voz autoritaria el Rey se lo prohibió.

Éste, al momento, volvió con aire enfurecido sobre sus pasos. Cruzó la puerta del silencio y sacó a la joven Layma arrastrándola por los cabellos, dejándola a los pies del Mago.

Nabil se agachó para ayudarla, pero Abasi le interrumpió el gesto parándole el brazo con la espada.

El muchacho se incomodó ante el cariz que tomaba la situación. – No creo que sea digno.

El Rey no le dejó terminar.- Os quedáis aquí los dos, o ella morirá  a manos de Dabil  “El sucio”, y eso sabéis que significa una muerte lenta, dolorosa... ya le conocéis. Es un sádico sexual. – observó entre divertido y complacido el rostro del Mago, quien como siempre supo mantenerse  frío e impasible, sin mostrar ni delatar sentimiento alguno.

La tensión del momento quedó rota por las risas etílicas de Abasi.

El Mago conocía muy bien su poder sobrenatural y no temía ni al soberano ni a sus fieros guerreros, pero no podía enfrentársele. Su condicionamiento Anlawdd hubiera destruido su mente, o al menos eso pensaba.

El joven hizo una reverencia, levantó a la muchacha bruscamente y tomó asiento con ella.

Las puertas del gran Salón del Trono se abrieron dejando entrar a muchos sirvientes cargados con enormes bandejas llenas de sabrosos manjares: cerdos cocinados con frutas, corderos rellenos, verduras aromáticas cocidas... Otros llegaron cargando grandes barriles de ambrosía y vino caliente con miel.

Todos los presentes comenzaron a comer, devorando brutalmente la comida, ensuciándose con la bebida  a causa de su ya exagerada borrachera. Layma sintió como se le encogía el estómago por el miedo, pues no comprendía lo que estaba ocurriendo y temía por su vida. La visión de aquellos hombres borrachos y glotones era nauseabunda.

Nabil cogió una copa de vino y la tendió a Layma. Ella la rechazó, pacientemente el joven insistió:

 Layma rechazó obstinadamente la copa.

La muchacha al oír el nombre de Dabil se aterrorizó, Sabía que todas las mujeres le odiaban pero no conocía el porque y deseó no descubrirlo aquella noche.

De pronto se abrió una de las puertas y entraron encerrada dentro de una jaula a una joven muchacha, alta, rubia, de lacios cabellos adornados con flores blancas de jazmín, que perfumaban agradablemente el lugar. Llevaba una bella túnica de seda azul turquesa que dejaba entrever su blanco y desnudo cuerpo. En los tobillos lucía dos brazaletes de flores también blancas, en señal de virginidad.

Ayutla esperó ver en el duro rostro de su padre un gesto de aprobación.

Abasi se levantó del trono totalmente borracho y cogiendo la cara de su hija con las manos, le dijo riendo:

Sin haber terminado la frase la asió del brazo tirando de ella. Nabil sujetó la mano del Rey.

Abasi volvió a reír y tambaleándose se sujetó a la jaula de la prisionera.

De un tremendo manotazo abrió la puerta quedando frente a la jovencita y ésta horrorizada, retrocedió todo lo que pudo dentro del reducido espacio. Él rió ante la cara de espanto de la muchachita. La cogió por el cuello tumbándola en el suelo. La escena enfervorizó a todos los presentes, que comenzaron a corear y aplaudir, cerrándose en un tupido círculo alrededor  de los dos, como chacales olfateando su presa. La tensión crecía  a medida que se escuchaban los lamentos y súplicas de la joven.

Layma sentía un tremendo pánico que la ahogaba. No sabía que iba a ocurrir pero intuía que nada bueno para la desconocida.

El joven de Azuay tenía lágrimas en los ojos y ella, con gran dulzura le pasó sus dedos por la cara secándoselas. Conmovido por  la ternura de la muchacha e intuyendo su angustia, le habló:

El corro de soldados y lacayos no le dejaban ver lo que ocurría, solo podía oír los gruñidos y las exclamaciones de su padre alabando la hermosura de la joven. Los dos vieron volar por encima de las cabezas del grupo la túnica hecha jirones de la rubia muchacha.

Un grito desgarrador salió de la joven mientras Ayutla apremiaba al Rey a que acabase, al mismo tiempo que se iba bajando sus ceñidos pantalones de piel.

Layma quiso ponerse en pie y gritar de terror, pero Nabil la sujetó ordenándole:

Su tensión era tan fuerte que sus músculos no le obedecieron. El pequeño grupo se abrió para dejar entrar al impaciente Príncipe. Entonces Layma vio la más brutal  imagen que jamás pudiera imaginar: la muchacha yacía en el suelo desnuda, la había golpeado hasta que le sangraron los ojos, la boca y la nariz. Entre dos lacayos del Rey le sujetaban las piernas mientras otros dos le pisaban las manos. Oía los entrecortados lamentos de la joven, quien apenas podía suplicar por la rotura de la mandíbula. Nada más entró el anhelante Ayutla dentro del círculo, otros hombres empezaron a bajarse sus pantalones.

Layma no pudo soportar tanto horror y perdió el conocimiento de verdad. Nabil la cogió entre sus fuertes y musculosos brazos, susurrándole:

Sintiendo asco e impotencia ante aquella jauría salió con ella en brazos como una sombra, intentando no ser visto.