CAPÍTULO 2: LA CASA DE AZUAY

 

Layma se despertó gritando. Al oír su propia voz, en un acto reflejo cubrió su boca con las manos, intentando acallar su miedo, dándose entonces cuenta de que no se encontraba en el espantoso Salón del Trono sino en un dormitorio de mujer. Las paredes pintadas de color rosa así lo delataban. No podía ver bien el resto de la habitación pues ésta se encontraba en penumbras, ya qué solo entraban reflejos de la luz de la luna a través de la única ventana que poseía aquel lugar.

Por unos instantes tuvo la sensación de que todo olía a mar, pero no podía ser, la ciudad de Azlatlan estaba muy lejos del mar. Era más, sabía que en el reino de Heólica sólo existía una remota ciudad en la región del Sur que tenía mar.

Sus pensamientos fueron cortados bruscamente al entrar en el cuarto una alta silueta. El pánico volvió a latir en la jovencísima Layma; la alta y delgada figura se acercó a ella con paso decidido, con ternura posó una mano en su brazo.

La muchacha, muy atemorizada y sin dominar la voz, respondió:

Con dulzura, la silueta siguió hablándole. – Os he oído chillar. Mi señor Azuay me contó lo acaecido en Palacio. No temáis, aquí estaréis a salvo.

Sin poder evitarlo rompió en sollozos. No soportaba el dolor que suponía contener por más tiempo sus emociones. Con voz entrecortada preguntó:

La mujer interrumpió.

Pudo más la curiosidad de la muchacha que su propia angustia.

Mientras hablaba con ella la alta mujer había encendido las cuatro luces de aceite colgadas en el centro de cada una de las paredes.

Observó a la dulce mujer. Por fin sabía como era una madre. La encontró bonita, a pesar de que intuía una avanzada edad en ella. Le supuso unos treinta o treinta y dos años y siendo así era la segunda mujer más anciana que conocía.

Tenía una belleza serena que la hacía atractiva. Por su considerable estatura debía ser extranjera. Desprendía amor en sus gestos y en su voz. Llevaba sus largos y rubios cabellos ceñidos con perlas y recogidos en una gruesa trenza que caía por sus espaldas. Vestía una larga túnica azul y púrpura que recogía debajo de su pecho con varias vueltas de perlas. Le resaltaba un abultado vientre, pero no le quitaba esbeltez, ya que era extremadamente delgada. Sus grandes ojos verdes impactaban a todo el que la miraba. Las facciones angulosas la hacían irresistiblemente bella, sus labios carnosos y rosados le daban mayor esplendor a su mirada.

Le gustó, la creyó una diosa, y deseó poder estar con ella, parecerse a ella; la estudiaría y la imitaría. La mujer comprendió la confusión que había provocado en la joven, pero no le importó demasiado que la observara con tanto descaro y alegremente prosiguió su parloteo de bienvenida.

Hizo una reverencia. Salió cantando del cuarto, su voz resonó largo tiempo por el corredor.

Layma contempló en silencio el hermoso cuarto. La cama donde estaba acostada era blanca, con doseles en los costados adornados con cortinajes de seda y gasas ligeramente rosadas. Las paredes estaban cubiertas de telas rosas y azules. Los demás muebles eran blancos: una cómoda, un armario con un enorme espejo central y un gran tocador.

Se levantó del lecho, pues le llamó poderosamente la atención los bonitos enseres de encima el tocador. Notó en sus pies la cálida y mullida alfombra del suelo. Con curiosa admiración tocó los cepillos de plata, acariciándolos suavemente con la yema de los dedos. Resiguió el perfil de las botellitas de cristal conteniendo líquidos de distintos colores; dudó en utilizarlos.

Fue entonces cuando vio su cara reflejada en el espejo del mueble. Jamás había contemplado su rostro con tanta nitidez. En palacio todos los espejos estaban rotos o mohosos, ya que su padre no quería que ninguna mujer pudiera practicar la magia de los cuencos o espejos negros. Recordó la leyenda que hablaba del mágico poder de Shaky, la reina, quien adivinaba el futuro con sólo mirar en el fondo de un cuenco pulido o en un bello espejo.

Suspiró hondamente y al fin se sentó en el pequeño taburete. Cepilló su pelo mirándose curiosa en el espejo.

Su pequeño y redondeado rostro recordaba a la luna, su piel era blanca y delicada. Sus ojos poseían una profunda y enigmática mirada; eran grandes, y oscuros, penetrantes como los de todos los seres del signo zodiacal de Escorpión. Sus labios anchos, sensuales, de un rosado natural, conferían al conjunto de sus facciones una gran armonía. El equilibrio perfecto entre lo etéreo y lo terrenal. Era auténticamente hermosa.

Mientras cepillaba su largo cabello azabache se preguntaba si los hombres la encontrarían bonita, era tan vulgar el color de su pelo y de sus ojos entre los de su raza... No creía destacar por nada. Desilusionada de su aspecto sacó valor para atreverse a abrir los frasquitos, descubriendo en alguno de ellos perfumes florales para el cuerpo y el rostro. Escogió entre los únicos que conocía, utilizándolos con moderación para que sus anfitriones no notaran su descaro.

Con alegre coquetería se levantó dispuesta a vestirse, no recordaba las tensiones vividas hacía tan sólo unas horas. Todavía seguía latente en ella la niñez, sus escasos quince años le daban la curiosidad e inconsciencia suficiente para hacerla atrevida y espontánea.

Cogió la túnica de raso verde hierba que la señora de Azuay le había dejado encima de la silla. Vio que junto al vestido estaban unos zapatos de tacón alto, de tela del mismo color. Divertida se los probó. Luego cruzó en forma de aspa en su talle una cinta de perlas blancas. Al terminar se miró de pie frente al espejo grande del armario. Se vio hermosa, descubriendo ilusionada y al mismo tiempo que avergonzada ya que su cuerpo dibujaba formas de mujer.

Unos dulces golpes en la puerta la sacaron de su ilusoria situación haciéndole recordar su castigo y las últimas horas de violencia.

Pensó en el Mago. Observó como se abría la puerta y corrió a esconderse detrás de las cortinas. Sabía que Nabil podía hacer con ella lo mismo que había presenciado en el Salón del Trono.

Oyó la voz de un niño pequeño y sacó la cabeza entre las cortinas. Frente a ella estaba un niño de ocho o nueve años extremadamente alto y delgado que la miraba con curiosidad.

El pequeño la miró algo sorprendido, pero siguió con la importante misión que le habían encomendado.

Ella recompuso su ropa frente al espejo, para luego hacerle un ademán con la mano indicándole que ya estaba lista.

El niño cruzó resuelto la puerta.

Con una dulce sonrisa le respondió:

La cara del pequeño se iluminó por la sorpresa, soltado un bufido.

Y con veneración el pequeño Pol la cogió de la mano, bajando en silencio las escaleras que les conducían a la planta baja de la mansión.

Layma distinguió cuatro corredores que partían de un punto central hacia distintas direcciones. Supuso que uno de ellos la llevaría a la zona del servició, como era habitual en las casas de los altos mandatarios. Otro debía conducir a los lugares mágicos de adoración de Adonai y los otros dos corresponderían a la habitación del limbo y al despacho del Mago, allá donde debían dirigirse. Tomaron el primer corredor a la derecha de las escaleras y descubrió al fondo de ese nuevo y corto corredor una gran puerta de madera. Al llegar frente a ella el pequeño llamó enérgicamente.

Layma entró con la cabeza gacha, temía mirar de frente al Mago. No sabía que intenciones albergaba. Pol se adelantó y espontáneamente saltó al cuello de su hermano, abrazándole.

El joven Nabil, sacó de sus bolsillos unas chocolatinas y algo avergonzado le dio unos besos a su hermano, ordenándole salir del despacho.

Nada más dejarles solos, el pequeño recompuso su estado emocional, lo que hizo que se fijara en lo asustada que se encontraba Layma.

Sin levantar el rostro, la niña musitó:

Nabil se giró dándole la espalda, mirando por la ventana mientras proseguía su conversación.

Sin moverse del lugar Layma insistió:

Ella suspiró con melancolía, pero no respondió. El Mago prosiguió hablando de espaldas a la joven.

Layma se dio cuenta de que Nabil no era su enemigo, al menos de momento, y con coquetería preguntó:

Ella no conocía la Ley y mucho menos sus excepciones. Con cuidado, intentando no demostrar su desconocimiento, preguntó:

Confundida por las leyes, insistió:

El de Azuay se giró mirándola fijamente a los ojos y con voz grave le habló de nuevo:

La joven princesa cerró los ojos y bajando la voz a un tono casi imperceptible, asintió:

El joven se acercó a la muchacha quedando frente a ella y cogiéndola dulcemente de las manos.

Layma miró sus ojos, quedando intensamente impresionada por la bondad que reflejaban. Eran pequeños pero muy expresivos, su color verde destacaba intensamente por el contraste con su piel bronceada y su pelo rubio; al fin habló, pero con muchas reservas.

La princesa le escuchaba atónita. Ella no era más que una mujer. Como podía pretender crear nada para si, ni mucho menos practicar o conocer la magia. Pensó que aquello debía ser una trampa, pero había algo en él que la hacía dudar. Los ojos del joven eran auténticos, cálidos, sinceros….

Sin pensar respondió:

·         Pero soy una mujer, si el Rey supiera siquiera lo que estamos hablando nos condenaría a morir. ¿Tu eres el Mago, la segunda autoridad del Reino!

El soltó sus manos y sonrió, permaneciendo largo rato callado buscando algo en unas estanterías llenas de libros.

·         Aquí está! Ten toma este libro, te impongo que lo leas y dentro de dos días hablaremos de él.

Colocó el libro entre sus manos.

·         Ella miró las tapas con curiosidad, eran de piel negra de serpiente, con una extraña forma geométrica grabada en oro en el centro, debajo un corto título: <<AMANECERES>>

·         Léelo con atención y todo aquello que no comprendas ven a preguntármelo. Antes avisa a la señora, mi madre y ella me buscará. Suelo tener visitas de los distintos gobernadores y no deseo ninguna indiscreción con respecto a este asunto. Te juegas la vida y nos queda poco tiempo  - pensó para si: solo tres semanas hasta la fiesta de las Almas – Ahora vete, te esperan en la cocina las mujeres para cenar.

Layma le hizo una reverencia y le besó las manos en señal de respeto.

Salió en silencio del despacho del Mago, giró por el corredor de su izquierda y se personó en las cocinas. Cuando llegó frente a la puerta se dio cuenta que no sabía como había podido encontrar el camino sin titubear. No conocía aquella casa. Tuvo la extraña sensación de que algo quería entrar en su mente. La invadió un fuerte mareo.

Apoyó su espalda en la pared para no estremecerse y una suave voz habló en su interior.

·         Acabas de experimentar tu intuición, así como tu capacidad telepática, pues has guiado tus pies a través de mi mente. ¡Ves ahora como tu puedes! – El terror la paralizó. Sacudió su cabeza intentando expulsarle, creyó volverse loca, la voz seguía dentro de ella respondiendo a  sus miedos-Cálmate princesa, respira profundamente y saldré de tu mente.

Prestó atención a su respiración, sintiendo el proceso de inspirar y expirar. La presión de su cabeza comenzó a desaparecer y se acalló la voz. Sollozando se deslizó por la pared quedando sentada en el suelo.

 

Las mujeres la habían oído llegar y salieron extrañadas al oír su llanto. Zulema dejó que las mujeres la ayudaran a levantarse, para luego abrazarla y acariciándole el pelo le susurró.

·         Calma, calma mi niña. Ya te acostumbrarás a las intromisiones mentales de mi hijo, es una fea manía que tiene. No temas, no estás loca, al menos todavía no.

Todas juntas entraron en la enorme cocina y poco a poco fueron volviendo a los murmullos, las bromas, las charlas, el ruido de cacharros y al típico bullicio femenino de la casa.

Layma fue integrándose a los cotilleos de las mujeres y a los juegos de los niños, olvidando las tensiones vividas en las últimas horas. Por fin sabía lo que era estar entre mujeres como ella. Tenía sentada al lado a una madre; se sentía feliz, su sueño se había materializado.

 

 

  CAPITULO 3      LA REENCARNACIÓN…………………